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DÍA 4: ÁNGELES Y DEMONIOS

Marcos observaba impotente cómo se llevaban a Agustín del paraíso, no podía hacer nada, no debía hacer nada si no quería terminar igual que él.

Lloro cuando las puertas doradas se cerraron una vez que su amigo estuvo afuera y poco a poco, el halo que otorgaba destellos de luz a su cabello azabache fue menguando en intensidad, llegando al punto de desaparecer. Esa era la señal de que Agustín ya no recibiría la protección de Dios.

No existía vuelta atrás, Agustín ya no pertenecería al cielo, ya no era parte de los discípulos de Dios, los centenares de plumas negras que adornaban sus alas color crema así lo certifican. Su persona favorita había pecado y aun cuando le rogó que le confesará a Dios cuál había sido su blasfemia y que pidiera perdón arrepentido, Agus no lo hizo. Se mantuvo con la frente en alta y en silencio, no rogó y tampoco pidió clemencia.

Su expulsión fue rápida y sin muchas vueltas, el silencio solo fue interrumpido por el llanto de Marcos.

-Yo sabía que había algo raro en él. -Dijo Romina, uno de los ángeles que no disimulada su expresión satisfecha con la salida de Agustín. -Era su mirada, viste que a veces sentís cuando la gente es mala, el tiempo me dio la razón.

Walter comenzó a alardear de que él había sido él primero en comentarlo y siguió con su monólogo por un largo rato, mientras Maxi y Juliana se encargaron de callarlo y sacar a Marcos de las miradas de todos. Muchos lo estaban juzgando por haber sido íntimo amigo del ángel caído.

Marcos nunca sabría cuál fue el pecado que había cometido su amigo, pero lo que quedaba claro que, sea cual fuera, Agustín no se sentía culpable de pecar.

. . .

Agustín escuchó las puertas del cielo cerrarse tras él, Lucila y Nacho -los ángeles que lo escoltaron a la salida- habían sido amables con él, el último gesto de bondad para un compañero caído.

Los sollozos del ángel por el que su corazón latía le rompieron el alma, si pudiera, le abrazaría una última vez. Pero Dios creía que el pecado se propagaba, así que cuando se descubrió que en el nacimiento de sus alas comenzaban a crecer plumas oscuras, lo aislaron de todos.

-Lo vamos a cuidar. -Le susurro Lucila.

Sus ojos picaron, porque nada lo ponía más feliz que saber que Marcos tenía gente de su lado, que lo protegerían y defenderían de los rumores. Su único arrepentimiento, había sido que la reputación de su amigo se manchara por su culpa.

Marcos lo era todo para él, cuando sus padres habían perecido durante la guerra del cielo y el infierno, su amigo de la infancia se quedó a su lado y lo contuvo. Nunca se habían separado en su vida, donde estaba Agustín estaba Marcos y su unión era reconocida por todos. A medida que fueron creciendo, su amigo se convirtió en un ángel bellísimo, con alas de blanco puro y pequeños detalles de dorado en sus puntas, alto y fuerte, y sobre todo, con una incuestionable fe a Dios y sus creencias. Todos decían que Marcos sería ascendido prontamente a Arcángel y Agustín no podía estar más feliz por él.

Fue entonces que muchas chicas comenzaron a prestarle atención, Marcos era la creación más perfecta de Dios y varios empezaron a emparejarlo con su contraparte femenina, Julieta. Una chica bellísima. Era simpática y divertida, quizás no tan aplicada a las enseñanzas divinas pero su carisma terminaba encantado a todos, difícil no enamorarse de ella, Agustín reconocía haber caído cuando era más joven.

Nunca tuvo nada en contra de Julieta, pero algo raro comenzaba a aparecer en su interior, algo que no se sentía bien y que solo emergía cuando la muchacha se acercaba a Marcos. Sin darse cuenta, Agustín desarrolló los celos, en un primer momento creyó que era hacia Marcos, pero no le tomó mucho tiempo darse cuenta que era hacia Julieta quién estaban destinados esos horribles sentimientos, que se suponían, no debían existir en el corazón de un siervo de Dios.

Intentó, realmente intentó detenerlos, pero su corazón no quería escucharlo, le desobedecía latiendo como loco cuando Marcos se le acercaba y lo rodeaba entre sus brazos para abrazarlo, su pecho explotaba cuando lo tenía tan cerca y su mirada solo podían perderse en sus ojos verdes. Sus pensamientos solo eran para su amigo.

Cada día que pasaba, Julieta parecía estar más interesada en él y ahí esos bellos sentimientos sin nombre se volvían oscuros y peligrosos.

La primera pluma negra apareció un tiempo después. Verla le detuvo la respiración, era pequeña, apenas de uno par de centímetros, pero estaba ahí, oculta por las otras plumas beige mucho más desarrolladas.

Ni siquiera lo pensó bien, solo corrió a la cocina de su pequeña casita y tomó lo primero que creyó sería útil. Se paró frente a un espejo y sin mediar más, arrancó la pluma de su cuerpo. El dolor le atravesó la columna, arrancarse las plumas era como perder un dedo. Agustín jamás había visto su propia sangre, pero ese día largos hilos rojos mancharon una de sus alas.

Esa noche rezo ahogado por el llanto, rezo por que el pecado no volviera a aparecer. Los arcángeles decían que el mal estaba dentro de sus corazones y que en algún momento de su vida debían pelear contra ellos y no rendirse, o terminarían sometiéndose a la ira de Dios.

Agustín supo que tenía el tiempo contado cuando unos días después, encontró otra, y otra, y otra...

Las arranco todas, una por una. Cada mañana y noche se revisaba la alas, en busca de algún puntito negro y cuando lo encontraba, se autoflagelaba.

Cuando salía de casa y se encontraba con Marcos, sus sospechas se confirmaban, ese era su pecado. Se había enamorado de otro ángel, de otro hombre. A medida que más le quería, más plumas salían.

Fue Martina quien lo descubrió, había sido un pequeño descuido, pero es que ya tenia tantas plumas negras que no había forma de que se las pudiera arrancar a todas, sus alas le dolían y Agustín ni siquiera podía volar sin que se volviera una tortura.

-¿Qué es esa cosita negra que tenes ahí? -Dijo, señalando una plumita que se encontraba en el nacimiento de su espalda, lugar que no podía alcanzar con sus herramientas.

Eso fue lo que se necesito para levantar todas las alarmas. Por la noche, Maxi y Lucila lo habían sacado de su casa, siendo encarcelado. Nadie entendía nada y varios creían que Martina se había confundido, Marcos era uno de sus mayores defensores.

Dos semanas tardo en tener una audiencia ante Dios y el Consejo de Arcángeles, para entonces, sus alas ya estaban decoradas con miles de plumitas negras como el carbón. En su celda no tenia nada con que arrancarlas y aunque lo hiciera, la sangre lo delataría.

Ni siquiera tuvo que decir nada, sus alas exponían el pecado ante los ojos de todos. Además, en su investigación los arcángeles encontraron en su casa la caja donde guardaba las plumas que se quitaba. Quizás fuera estúpido conversarlas, pero cada una de ellas representaban el amor que sentía por Marcos, por lo que no pudo quemarlas.

Ese mismo día, se negó a revelar su pecado y fue expulsado de Tierra Santa, declarado como un ángel caído por el Consejo y por Dios: un demonio.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando una sensación extraña le recorrió, entendió que eso era sentir frío. En el paraíso, Dios protegía a sus ángeles de cualquier necesidad, fuera de este, Agustín tenía que aprender a sobrevivir.

Sin mirar atrás, extendió sus alas, manchadas por plumas negras ya maduras y voló, no sabía bien a donde, no conocía otra cosa que el cielo, pero cuando no se sabe a donde ir, no importaba mucho que camino tomar.

. . .

Extra

No le tomó mucho tiempo llegar a la Tierra, ahí, el blanco de sus ropas le hacían resaltar y más temprano que tarde, una chica rubia y de alas rojas lo encontró.

-¡Mira Cone! ¡El barbudo hecho a otro! -Exclamó la muchacha, con una risa que a Agus se le hizo contagiosa.

Un hombre muy hermoso apareció detrás de ella, con alas de un color azul tan oscuro que parecía casi negras.

-Hola, soy Agustín. -Dijo, intentando ser amable. Los arcángeles le enseñado que tras la puerta del paraíso, los ángeles caídos se perdían en la locura, volviéndose demonios crueles y despiadados. No sabia que tan cierto seria eso, pero por las dudas, mantuvo sus alas listas para alzar vuelo.

-Un gusto, soy Alexis y ella Coty. -Explicó el ángel, no sonreía tanto como la chica, pero no parecía enojado ante la presencia de Agustín.

-Cone, me lo voy a quedar, ¡míralo! Es como un perrito perdido. -Dijo la chica, aun siendo pequeña parecía ser quien mandaba entre los dos porque el hombre no la contradijo.

Agustín ese día perdió muchas cosas, perdió su hogar, sus comodidades y, por supuesto, a Marcos. Pero también había ganado, una libertad que no sabía que podía tener, un nuevo mundo que estaba virgen para conquistar y dos amigos que le cubrían la espalda. 

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