
Entre fanfics mal escritos, mates y otras drogas
Daniel le soltó un gruñido a su compañero, cuando este no dejaba de joderlo sobre la partida que habían perdido anoche en el free fire, según él, por su culpa. Se lamentó segundos después de que el salón de clases quedara en completo silencio. Lucas se disculpó y a Daniel eso le hizo sentir peor.
Alfa dominantes. Eso es lo que rezaba su documento y que ponía orgulloso a su abuelo cada que salía a relucir en alguna conversación, por primera vez en la familia, nacía un alfa y no cualquiera, sino un dominante. Más fuertes que un alfa ordinario, más veloces, con gruñidos que podían paralizar hasta otros alfas si se lo proponía. Todos los sentidos potenciados y desarrollados, sobre todo el olfato.
Él no veía nada de bueno en todo eso.
-Perdóname, es que... No se... -Dijo muy avergonzado, agachando la cabeza y sin querer mirar a sus amigos. Sobre todo a Lucas.
-Deja, yo me fui de lanza. –Murmuro este, volviendo a su banco..
Todos sabían que un alfa dominante era también sinónimo de peligro. Más agresivos, más territoriales y menos pacientes. Daniel solía controlarse bastante bien, tomaba los supresores correctamente y se aseguraba de controlar su fuerza con sus compañeros, sobre todo con los gamma. Pero a veces, cuando la fecha de su rutina se acercaba, sus emociones estaban a flor de piel y todo lo orillaba a gruñir, olfatear e imponerse ante otros.
Su lado primitivo salía a flote y le recordaba a todos, que Daniel Güemes era peligroso.
-Ey, no pasa nada, se le va a pasar. –Dijo Gisel, intentando ser cordial. -¿Estas cerca... de esa fecha...?
La fecha de celo o rutina era intima, algo que solo se compartía a aquellos con los que se deseara pasar esos días. Para Daniel tal intimidad nunca existió, era de conocimientos público, por el bien de todos.
-Sí, dentro de un par de días.
-Ah, bueno...
Gisel se sonrojo violentamente, Daniel podía oler su interés, el interés de varios de su aula y, lo que más le incomodaba, el interés de una que otra profesora.
A veces envidiaba a sus compañeros, que ya eran campases de controlar sus segundos géneros. El, por su parte, tenía discusiones internas todo el puto tiempo con su alfa.
Solo quería que ese día terminara y poder encerrarse en su pieza hasta que su rutina llegara.
. . .
-Mamá, creo que es mejor no ir a la escuela, hasta que pase... -Dijo mientras la veía preparar la merienda con dedicación, acomodando las facturas en un plato lindo y en una canastita las tostadas recién hechas. La mesa ya estaba preparada con la manteca y el dulce para las tostadas, solo faltaba el mate. En su casa, la merienda era sagrada.
Su madre dejo el mate vacío a un lado, mirándolo preocupada. Ella siempre había estado aterrorizada que la escuela llamara a la policía para detenerlo por haber perdido el control. Había quedado un poco traumada luego de que algo similar pasara en una escuela de EE.UU y el chico fuera baleado por cinco policías. Daniel le recordaba que eso era Argentina y que los milicos no iban a perder su trabajo por él o por sus compañeros, pero no era ningún consuelo para la mujer.
-¿Paso algo? –Dijo, acercándose hasta él y acariciando su cabello.
-Na, bueno... ¿Puedo faltar? –Insistió, gruñirle a Lucas no había sigo nada grave, pero ver a sus compañeros omegas temblar en sus bancos fue horrible. Además, no le gusto la sensación de satisfacción que su alfa le provoco.
-Amor, pero las clases...
-Erika, si el pibe quiere faltar déjalo que falte. –Dijo su padre, que hasta el momento permaneció sin decir nada, supuestamente mirando la tele. Se sentó a su lado en la mesa, apoyando su enorme mano en su hombro. -¿mordiste a alguien?
-¡No! Yo no haría eso.
-¿Tuviste ganas de atacar a alguien?
Esta vez no dijo nada, clavando la mirada en la mesa. Sus padres quedaron en silencio al igual que él.
-Listo, no vas hasta que se te pase la calentura. –Dijo su padre simplemente, alzando los hombros quitándole importancia al asunto.
-¡Jorge!
-¿Qué? Ya es grande, entiende.
-¡No seas tan guarango! Habla bien delante de la criatura. –Su madre lo reto, haciendo a Daniel reír.
-Ay Erika, ya creció... -Dijo, agachando la cabeza cuando su madre lo miro seria, muy seria. -Bueno, bueno, me dejo de joder.
Amaba la relación que tenían sus padres. Su viejo era enorme, el alfa más grande de todo el pueblo, pero cuando se trataba de voluntad y autoridad, su madre era quien tenía las de ganar, una beta de un metro sesenta que manejaba a su viejo como quería.
Paso la tarde tomando mates y escuchando las anécdotas de su madre, sobre algún puterio de barrio. Era entretenido y, por un momento, amaba poder estar con otras personas sin tener que oler rastros de miedo.
Daniel se quedó el resto de los días encerrado, saliendo solo para comer e ir al baño. Cuando su cabeza comenzó a doler y su respiración se volvió agitada, le aviso a sus padres que necesitaba ir abajo. "Abajo" era la pieza que su viejo había construido para él después del desastre que dejo durante su primer celo. No estaba en un sótano como tal, más bien pegado al lavadero, esas cosas solo aparecían en las películas yanquis, abajo era la palabra clave que usaba con sus viejos.
Su madre le beso la frente y le recordó que le dejaría agua y comida todos los días. Los celos de los alfas solo duraban un día o dos, pero en su caso, su celo transcurrió durante cuatro largos días de dolor, gruñidos y gritos violentes en busca de un omega.
Miro a su padre cerrar la pesada puerta que lo dejaría encerrado ahí hasta que los gritos y el olor a feromonas cesaran. Vio en sus ojos un poco de pena, sus viejos odiaban dejarlo allí, pero era lo más sano para todos y Daniel había aprendido a ser responsable con sus rutinas, por su bien y por el bien de los omegas de la cuadra.
El cuarto tenía las paredes rasguñadas, de anteriores celos, un ventilu protegido por rejas de hierro, tanto por dentro como por fuera y un colchón barato, que nadie extrañaría si lo rompía. Estaba bien, era mejor que nada.
Daniel se miró las mano, que desde la mañana tenia las uñas alargadas. Esperaba no perder alguna, después de su calor le dolía todo el cuerpo y era horrible ver como crecía la uña de nuevo. Se quedó sentado sobre la cama, con la espalda apoyada en la fría pared, esperando que el dolor de cabeza pasara y la rutina comenzara. A veces se preguntaba si alguna vez tendría una pareja con quien pasar esos momentos ¿Rompería a un omega como lo hacía con las paredes y el colchón? ¿Alguien siquiera se arriesgaría a entrar a ese cuarto con él? ¿Cómo sería no pasar por ese momento solo y aislado?
Suspiro, resignado cuando el calor le hizo cosquillas en la panza...