
Entre fanfics mal escritos, mates y otras drogas
Lauquen amaba muchísimo a su padre y a su madre ¡hasta las estrellas! Eso es mucho amor y estaba seguro que tenía mucho más para darles. Sus padres le regalaban toneladas de besos y abrazos, jugaban a los juegos que él quería y le dejaban comer golosinas, siempre y cuando no se mandara ninguna macana. Ellos eran sus personas favoritas, pero también tenía otras cosas que le gustaban mucho, como el color rojo, las estrellas y el verano. Sobre todo el verano. Era divertido poder estar metido en la pileta todo el día, almorzar, dormir la siesta -aunque lo obligaran ¿Sus padres cuando entenderían solo quería jugar todo el día?- y sobre todo, diciembre significaba visitar el pueblo de su abuela materna y poder comer los duraznos de su huerta ¡Su fruta favorita!
Diciembre era su mes favorito porque hacia muchas de sus cosas favoritas, aunque no dudaba que en el pueblo de su abuela todo era un poco solitario, porque no había niños. O eso creyó, hasta que un día su madre cedió con su hora de dormir y lo llevo a un pequeño festival que nunca antes vio en la plaza del pueblo y eso era porque solo se realizaba por la noche. Para su sorpresa, el pueblo que durante el día parecía casi abandonado, ahora estaba repleto de personas, de todas las edades y apariencias.
Nunca creyó que su vida fuera diferente a las del resto. Hasta que durante ese festival, intentó juntarse con un grupo de niños que había en el parque, pero estos lo miraron... Lo miraron como si fuera un bicho del que había que mantenerse alejados. Sus miradas lo volvieron vulnerable y no dudo en ir a los brazos de su padre por consuelo. Esa noche fue consciente de que era muy distinto al resto.
Las personas que ahora abarrotaban la plaza no salían a pasear por las mañanas como su abuela o realizaba asados en el patio de sus casas como su padre. Los otros niños no salían sino hasta que el sol se hubiera ocultado, siempre creyó que era porque los demás disfrutaban de la siesta más que él, pero era porque no podían. Esos niños no comían duraznos, ni ensalada de papas, ni pizza, quizás ninguna comida en general. Esos niños eran como su madre, eran vampiros y si bien su padre le aseguro que él también lo era y uno muy especial a su parecer.
Ese verano también entendió que ser especial no siempre significa algo bueno.
Hijo de una vampiresa y un humano, entendió que los mestizos no son bien recibidos, ni siquiera en el mundo sobrenatural. Sus padres intentaron llenarlo con el doble de amor que antes, así como también su abuela paterna quien le aseguraba que esos chicos no sabían de los que se estaban perdiendo. Aunque Lauquen estaba seguro que era el quien se perdía de muchas más cosas cuando dormía por la noche.
Los veranos en la casa de su abuela siguieron siendo igual de solitarios. Sin embargo ese año creía sinceramente que sería distinto ¡Pronto cumpliría 10 años! Por fin podría ir al bosque a cazar junto con su madre, su caza debut.
Se moría de los nervios pensando en el animal que sería su primera presa, sería muy cool poder atrapar un siervo a la primera pero su madre solo se reía de él diciendo que lo mejor sería un conejo. Los conejos estaban bien, pero no eran cool.
¡Tenía que ser un animal grande! Así quizás, de esa forma, podría demostrarle al resto de los niños que él sí era un verdadero vampiro, con gustito por el sol, pero un vampiro al fin y al cabo.
Su cumpleaños llegó y esa misma tarde, cuando el cielo se volvía anaranjado, su madre lo llevó al bosque... Pero no pudo cazar nada. Los animales eran muy rápidos y él muy estúpido, hasta los estúpidos conejos se reían de él.
Todos estúpidos...
Lleno de tierra y hojas, volvió a casa llorando y se encerró en su cuarto el resto de la noche. No quería escuchar lo que sus padres decían, ellos no entendían ¡Era importante poder cazar algo! ¡Tenía que ser algo grande! Porque por una vez, quería poder ser aceptado por los otros.
Quizás los demás tenían razón y realmente no era un verdadero vampiro.
Su tristeza duró lo que su abuela tardó en hacer buñuelos de manzana. Mientras desayunaba con los ojos hinchados y la nariz colorada, escuchó que golpeaban la puerta. Su padre fue a abrir y escucho voces, de una mujer y ¿de un niño?
Al cabo de unos minutos en la sala había una mujer muy hermosa y, detrás de ella, un niño muy, pero muy bonito. Tenía el cabello y los ojos súper negros, como la noche y su piel era suuper blanca como la leche. El rostro del niño era muy hermoso, con los cachetes rosados y la boca color... color... ¡Color durazno! ¡Sí! Era muy parecido a los duraznos, pero no de esas que son amarillos con rojo, no, de esos que son blancos y apenas tienen un ligero color rosa ¿Cómo los llamaba su abuela? Bueno, no importaba, pero ese niño era muy parecido ¿Si lo mordía tendría el mismo sabor dulce de la fruta?
-¿Lauquen?
-¿Eh?
-Ven aquí, te voy a presentar a nuestros vecinos.
Esa tarde descubrió que la mujer hermosa se llamaba Yuki y el chico durazno no era el chico durazno sino que se llamaba Anzu y era un shifter de tipo ave ¡Shima-Enaga! Hasta el nombre era lindo y le costó mucho poder pronunciarlo correctamente, pero lo hizo.
Su padre lo mandó a jugar con él, y Anzu lo siguió en silencio. No sabía de qué hablarle, porque nunca había llegado tan lejos con otro niño, así que simplemente creyó que sería un buen comienzo colorear y a Anzu pareció gustarle, porque sonrío. Era la primera vez que otra persona, que no fuera humano o su familia, le sonreía y no se sentía como una burla, más bien cálido.
Luego de un rato el niño bonito se fue con su madre, así que creyó que no volvería porque de seguro jugaría con otros niños y se enteraría que él era mestizo y de seguro ya no quería colorear con él. Pero al otro día Anzu volvió y al día siguiente y al siguiente.
No estaba seguro si aún no se había enterado sobre su familia, pero prefirió no decir nada y Anzu tampoco dijo nada sobre su padre o su abuela. Anzu no decía nada en general.
Anzu era callado, casi no hablaba ni para decir pió, pero él podría hablar por los dos.
Con el paso de los días se dio cuenta que no le gustaban los juegos bruscos, así que tenía que controlar su fuerza con él, tampoco le importaba ya que sabía controlarse muy bien para no lastimar a su abuela que ya era mayor. Pasaban las tardes coloreando, jugando a los videojuegos o realizando expediciones en el bosque cercano a su casa.
Cuando Anzu se iba y llegaba la noche, se aseguraba de ser agradecido con los Dioses por darle un amigo. Ahora solo le faltaba el conejo.
Esa misma tarde no pudo jugar con el niño bonito porque realizaría su quinta casería del verano junto con su madre, aún no atrapaba nada pero ella le aseguraba que pronto podría hacerlo.
Ya no le importaba atrapar algo grande, ya no quería impresionar a los otros niños, ahora tenía un amigo y a él no le importaba si era o no un mestizo. Lo único que le preocupaba es que su primera presa no fuera un ave, seguramente Anzu se asustaría y no quería eso.
-Cariño te llevas muy bien con Anzu ¿Verdad? -Preguntó su madre mientras se adentraban más profundo en el bosque.
-¡Sí! Me gusta muchísimo.
-Eso es bueno... ¿Dijo algo sobre tu padre o sobre mí?
-Nop, no parece importarle.
-Bueno, si él dice algo, sabes que puedes contármelo ¿No?
-Anzu no es esa clase de persona, lo huelo.
-Querrás decir que lo sientes, aquí. -Dijo su madre, señalando con su dedo su corazón.
-No, lo huelo ¡Anzu huele a todas las cosas que me gustan! -Dijo emocionado, mientras recordaba las veces que Anzu y él se habían olfateado.- Huele a agua de mar y duraznos ¡Huele a verano!
Su madre quedó en silencio, entonces se giró para verla ¿Habría dicho algo raro? Creía que no, Anzu olía muchísimo a duraznos, desprendía un aroma dulce y delicado ¡Le gustaba muchísimo! Descubrió no hace mucho que no sabía a duraznos cuando le mordió el cachete, y esa tarde fue regañado por su abuela luego de hacerlo llorar.
No fue su intención lastimarlo, solo había querido probarlo, solo un poquito. De todas formas estaba seguro que no era nada malo decir que olía riquísimo, pero su madre solo lo miraba con la boca abierta y con una expresión graciosísima.
-Cariño... Creo que tendremos que tener una charla sobre los compañeros destinados.
-¿Compañeros? ¿Cómo papá y tú?
-Exacto, como tu padre y yo.